Los secretos del cerebro socialNeurociencia

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Un destacado profesor de Sociología había comenzado a robar, no se bañaba, comía hasta hartarse, tomaba sin cesar fotos de las puestas de sol, estaba agresivo y había iniciado un malsano interés sexual por los niños. Tras un exhaustivo estudio se pudo comprobar que el paciente sufría demencia fronto-temporal, patología que puede desatar comportamientos anómalos en personas que hasta hace poco eran totalmente normales.

Esto podría ocurrir como resultado de un accidente, tumor u otro factor que afectase el lóbulo frontal, región del cerebro que participa en las emociones sociales. Así lo explicó el profesor Mario Méndez, Doctorado en Psicología Experimental y académico de la Universidad de California (UCLA), quien el viernes 6 de noviembre se refirió a la Neurociencia Básica de la Conducta Social durante una conferencia organizada en el marco del Diplomado en Neuropsicología que imparten forma conjunta las universidades de Chile y Pontificia Universidad Católica.

 

El especialista recordó que el cerebro siempre está evaluando todo a través de reacciones emocionales rápidas, automáticas e inmediatas, las cuales se desatan antes del proceso cognitivo, en lo que se llama primacía intuitiva. Desde un punto de vista neuroanatómico hay ocho regiones vinculadas con cuatro aspectos específicos del cerebro social: empatía y Teoría de la Mente, el sistema de alarma ante las amenazas, las emociones sociales y el sistema de neuronas espejo.

“Hay que entender que el ser humano no habría subsistido como especie si no hubiese actuado en grupo. Ello explicaría por qué la región pre-frontal de nuestro cerebro, dedicada al aspecto social, es la más desarrollada entre todos los animales, de hecho corresponde a casi un tercio de la corteza”, comentó.

De esta manera, la corteza prefrontal ventromedial, que juega un rol primordial en el cerebro social. Una persona que tuviera afectada esta zona podría no reaccionar, por ejemplo, con congoja ante la imagen de un individuo herido y tampoco se emocionaría al ver a un recién nacido.

Otra zona del cerebro relevante es la orbitofrontal, ya que integra y controla las emociones sociales. Las personas que la tienen comprometida no responden al castigo o recompensa, suelen ser muy impulsivos e inestables emocionalmente. La amígdala, en tanto, es el sistema de alarma ante las amenazas, con significancia en el aprendizaje emocional.

“Los sujetos evalúan en forma espontánea a los otros al observarlos. Así reconocen en ellas signos de amenaza, especialmente en sus caras y ojos, hecho que los alerta y previene. Quienes tienen lesiones en la amígdala no son capaces de captar estas alarmas”, apuntó el doctor Méndez.

A estas tres regiones se suma la ínsula, que media los efectos somáticos (sensaciones del cuerpo) del comportamiento, la circunvolución fusiforme para el reconocimiento de las caras familiares, los polos temporales anteriores, la región temporal superior parietal inferior del lado derecho y el cíngulo anterior, que influye en la consciencia de la emociones.

En cuanto a la empatía, el especialista explicó que la capacidad de comprender e identificarse con los sentimientos y emociones de los otros tiene una vertiente emocional y cognitiva, en que se utilizan varias de las estructuras del cerebro social. Por otra parte, la Teoría de la Mente, esto es, la capacidad de representar los pensamientos, creencias, actitudes y sentimientos de otros puede verse afectada por enfermedades que atañen al área pre-frontal y que también están presentes en las personas con autismo.

Las neuronas en espejo están determinadas por emociones que se convierten en respuestas viceromotóricas del paciente, así la primacía intuitiva podría explicarse por este mecanismo. Si alguien nos sonríe, también tendemos a hacerlo, aunque ni siquiera nos demos cuenta de ello.

“En resumen, los seres humanos hemos evolucionado hacia un cerebro social que funciona con emociones sociales y mecanismos tales como la empatía y las neuronas en espejo”.

 

 

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