El dolor social se manifiesta igual que el físicoNeurociencia

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Un modelo para aumentar la confianza y el compromiso de los empleados, basado en recientes descubrimientos de la neurociencia, que revelan la naturaleza social del alto desempeño

Naomi Eisenberger, de la Universidadde California en Los Angeles (UCLA), una de las más destacadas investigadoras en neurociencia social, quería entender qué pasaba en el cerebro cuando la gente se sentía rechazada. Diseñó un experimento con voluntarios que tomaban parte en un juego de computadora llamado Cyberball, mientras se les examinaba el cerebro con un equipo de resonancia magnética.

El Cyberball retrotrae a las situaciones desagradables que ocurren en el patio de la escuela. “Los participantes pensaban que estaban jugando a la pelota con otras dos personas”, explica Eisenberger. “Veían a un avatar que los representaba a ellos, y otros dos que personificaban (ostensiblemente) a sus compañeros de juego. Luego de jugar un rato a atrapar la pelota, dejaban de recibirla y los otros dos supuestos jugadores sólo se la arrojaban entre ellos.” Aun después de enterarse de que en el juego no participaba ningún otro humano, los jugadores dijeron haberse sentido enojados, humillados o juzgados.

 

Cada reacción se reflejaba en las respuestas del cerebro. “Cuando la gente se sentía excluida, veíamos actividad en la porción dorsal de la corteza cingulada anterior, la región neural involucrada en el componente ‘de sufrimiento’ del dolor. Las personas que se sentían más rechazadas eran las que tenían mayor nivel de actividad en esta región”, señala Eisenberger. En otras palabras, el sentimiento de exclusión provocaba el mismo tipo de reacción en el cerebro que la que podría causar un dolor físico (ver gráfico).

La hipótesis de Matthew Lieberman, dela UCLA, quien conduce con Eisenberger la investigación, es que los seres humanos, al evolucionar, crearon este vínculo en el cerebro entre la conexión social y el malestar físico, “porque, para un mamífero, estar socialmente conectado con quienes lo cuidan es necesario para su supervivencia”. Este estudio y muchos otros que están surgiendo, dejan en claro una cosa: el cerebro humano es un órgano social. Sus reacciones fisiológicas y neurológicas están profundamente moldeadas por la interacción social.

Esto plantea enormes desafíos para los gerentes. Aunque un empleo suele ser considerado como una transacción puramente económica, en donde se intercambia trabajo por una compensación financiera, el cerebro experimenta el lugar de trabajo como un sistema social. Quienes se sienten traicionados o poco reconocidos en el trabajo, experimentan
la situación como un impulso neural tan fuerte y doloroso como un golpe en la cabeza. La mayoría aprende a racionalizar o a moderar sus reacciones: “Se lo aguanta”. Pero también limita su participación y su compromiso. La capacidad de poner intencionalmente el cerebro social al servicio de un desempeño óptimo, será una capacidad distintiva de liderazgo en los años próximos.

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